Uvas autóctonas: con voz propia

Uvas autóctonas: con voz propia

Como os contábamos en otro post, en el rico jardín varietal español conviven uvas autóctonas y foráneas. Ya repasamos brevemente las segundas, ahora nos centramos en las castas locales, aquellas profundamente arraigadas que están con nosotros desde tiempo inmemorial. Se trata de cepajes en alza, en un contexto mundial en el que el consumidor valora cada vez más lo auténtico y busca aromas y sabores genuinos que rompan con la globalización.

Primero decir que las uvas autóctonas (algunas injustamente arrinconadas) se han beneficiado de un nuevo enfoque en las bodegas: mayor cuidado del viñedo y técnicas de elaboración más avanzadas. De este modo, recibiendo un trato adecuado, se han convertido en la base del éxito de varias zonas de producción para competir sin complejos con los mejores vinos del mundo. Nos centramos en las más relevantes de estas uvas locales, comenzando por las tintas.

La variedad noble más importante del vino español y la que mayor extensión de cultivo ocupa es la tempranillo, pieza clave en la revolución vitivinícola del vino español en las últimas décadas. La tempranillo es la casta protagonista de Rioja y Ribera del Duero. ¿Pero sabías que cambia de nombre dependiendo de la región? Conocida como tempranillo en toda la zona norte; en Castilla y León adopta los nombres de tinto fino, tinta fina y tinta del país; en el viñedo manchego recibe el nombre de cencibel; en Cataluña, ull de llebre, etc. Y en la D.O. Toro, tenemos la tempranillo aclimatada para convertirse en la tinta de Toro, absoluta protagonista de esta región zamorana.

La uva garnacha ocupa el segundo puesto en el ranking de superficie total de viñedo de España. Una variedad en pleno auge que, tras ser “bendecida” por el gurú Robert Parker hace apenas un lustro, ha vuelto a captar el interés de buena parte del sector. Encontramos cultivos de garnacha en casi todos los puntos de nuestra geografía, especialmente en regiones como Aragón, Cataluña, Navarra, Rioja, Extremadura, y del centro de la Península, como Madrid, Toledo o Ávila.

Saltamos a León, donde la variedad mencía es la piedra angular del éxito de la D.O. Bierzo, que además conserva un gran patrimonio de viñedo viejo. Cultivada únicamente en la zona noroccidental de la Península, la mencía forma una buena asociación con el roble y demuestra que, elaborada con mimo, otorga grandes vinos, finos y con una amplia gama de matices. En la parte oriental, en la zona de Levante, se alza poderosa la monastrell, reina de las denominaciones Bullas, Jumilla, Yecla y Alicante. Un cepaje perfectamente aclimatado a estas tierras de baja pluviometría, capaz de resistir las épocas de sequía.

Pasando al capítulo de uvas blancas autóctonas, el éxito de las dos denominaciones más sobresalientes de vinos blancos, Rueda y Rías Baixas, se cimenta en dos uvas locales: la verdejo y la albariño, respectivamente. Cabe señalar también el redescubrimiento para los vinos de alta calidad de uvas gallegas como la godello y la treixadura. Destacan también la garnacha blanca, variedad extendida principalmente en las comunidades de Cataluña y Aragón; y la viura (también llamada macabeo), con muy buenos resultados en La Rioja, La Mancha y Penedès.

Muy atrás quedan los tiempos en los que la uva airén era casi omnipresente. Hoy el consumidor tiene ante sí un amplio abanico de vinos blancos elaborados con uvas autóctonas de calidad, que además aportan un factor diferencial en unos tiempos en los que planea la sombra de la homogenización del gusto.

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