Vino y diseño: el impacto de la estética

Vino y diseño: el impacto de la estética

Atrás quedó la etapa en la que todos los vinos se parecían en el lineal. Con el actual maremágnum de marcas -existen aproximadamente 18.000 marcas de vino registradas en España-, que una bodega consiga colarse en una tienda o restaurante es todo un logro. No sólo es importante introducirse en el mercado, sino también la rotación, lograr una buena aceptación; y para ello, o se cuenta con una marca muy bien posicionada y consolidada, o se busca ganar al consumidor con el factor precio. Para las bodegas que están en medio, el camino más directo consiste en apelar al impacto.

Se trata de encontrar el nombre y el diseño que llame la atención del mercado y que el vino resulte fácilmente identificable. Las estrategias de ‘marketing’ se llenan de imaginación. Todas las armas son lícitas: la elección de un nombre original, la etiqueta, la propia botella… Todo ello hace que el vino transmita conceptos tan dispares como lujo, modernidad, trasgresión… Por tanto, el vino se comunica con el consumidor antes de que éste lo pruebe. Después veremos si las expectativas creadas por la “comunicación visual” se cumplen. Lo importante es que la imagen esté en sintonía con el propio vino y la filosofía del bodeguero.

Vestir el vino no es ninguna trivialidad. Existen muchas agencias que dedican su trabajo a la creación de la imagen de un vino, siempre según las necesidades de la bodega. La agencia puede elegir el nombre, el papel de la etiqueta, la tipografía, los pantones… Pero no basta con un diseño sugerente, también tiene que estar adaptado al mercado al que va dirigido: si es clásico o moderno, si va a supermercados o a tiendas gourmet, si va al mercado nacional o internacional, etc.

En la tarea de crear impacto juegan un papel muy importante los diseños ingeniosos y humorísticos. Uno de los ejemplos más interesantes es la firma Vinos Divertidos. Pepe Marco puso en marcha en 2006 el proyecto Vinos Divertidos con el objetivo de conectar con consumidores de espíritu joven y experimental. De hecho, el diseño desenfadado de sus etiquetas y los nombres de sus vinos (Ojo de Liebre, Teta de Vaca, Cojón de Gato, La Moto…) son toda una declaración de intenciones. “Nosotros elegimos el nombre de nuestros vinos en la propia bodega, sin la intervención de agencias. Buscamos una imagen divertida y nombres potentes bajo un paraguas ‘vintage’ y que, por supuesto, el contenido del vino acompañe”, comenta Pepe Marco. “Teníamos claro que debíamos huir de los formalismos. Hace 11 años cuando empezamos nosotros, todo era muy clásico”, señala.

Vinos Divertidos huyó de los caminos más trillados, como el de la heráldica (tirando de castillos, condados y nobleza), los nombres que evocan la tierra (viña, finca, hacienda…), ni tampoco optar por esa corriente tan en boga hace unos años consistente en bautizar a los vinos con nombres procedentes del latín. “Si nos fijamos, vemos que lo que bebían nuestros abuelos no lo beben nuestros padres; y lo que bebemos nosotros, no lo beben nuestros hijos. El concepto de moda es importante. Nosotros buscamos un público alternativo y popularizar el concepto de vino al mismo tiempo que ofrecemos calidad”, concluye Pepe Marco.

Otra de las corrientes en alza es bautizar los vinos con nombres propios, como la firma riojana Bodegas Paco García. Dirigida por Juan Bautista García, joven que decidió dar un golpe de timón a la filosofía de la bodega familiar y seducir a consumidores jóvenes y sin complejos con vinos de corte moderno. Sin embargo, no cortó los lazos con la tradición familiar y rebautizó la bodega con el nombre de su padre: Paco García. “A nosotros nos encantaban vinos como Carmelo Rodero o Luis Cañas”, comenta Juan Bautista. “Realizamos un estudio de mercado y comprobamos que todos estos vinos que portan el nombre del autor son vinos con mucha personalidad. Cuando pones tu nombre al vino, estás poniendo todo de ti en él y ésta es la forma de diferenciarte”.

“Por otro lado –continúa Juan Bautista- con la imagen representada en la etiqueta de nuestros vinos: la huella de la mano de mi padre, pretendemos transmitir la emoción del trabajo manual que realizamos en campo y en bodega”.

En definitiva, las estrategias creativas se disparan y apelan al lado más emocional. Los vinos abren un abanico de sugerencias y evocaciones con las que pretenden trasmitir sus aromas, sabores, su origen y el trabajo que esconden.

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