Socuellamos

Escapada a Socuéllamos: el mar de viñas

A menos de 200 km de Madrid se encuentra uno de los centros neurálgicos de la producción vitivinícola en Castilla-La Mancha: la villa ciudadrealeña de Socuéllamos. Si tenemos en cuenta que Castilla-La Mancha acoge a su vez la mayor extensión de viñedo del planeta, hablamos de un punto de producción vinícola importantísimo a nivel mundial. Municipio cuya superficie de viñedo en hectáreas rebasa con creces a su número de habitantes (13.600 vecinos), las viñas en Socuéllamos abarcan todo lo que alcanza la mirada en llanuras sin fin, ofreciendo un espectáculo visual único.

Socuéllamos, tierra de Don Quijote, respira vino. Sus calles tranquilas y sosegadas cambian su fisonomía en época de vendimia, trasmutando en vías bulliciosas por el continuo peregrinar de tractores y remolques rebosantes de racimos. Plantaciones y producción tienen un peso vital en la realidad socio-económica y cultural de esta población, cuya historia está estrechamente unida al vino. En el siglo XIII, la Orden de Santiago, encargada de repoblar la comarca tras la reconquista, otorgó a Socuéllamos el privilegio de eximir de tributos a todos los pobladores que plantaran vides. Esta prerrogativa, vigente durante siglos, fue el origen de la continua expansión de viñas en la localidad, hasta convertirse en el mar de vides que es hoy.

Actualmente, Socuéllamos alberga 13 bodegas, la mayoría acogidas a la D.O. La Mancha. Desde pequeñas firmas familiares a pantagruélicas cooperativas; 7 de ellas abiertas todo el año a las visitas, con reserva previa: Bodega EHD, B. Cautela, B. Cristo de la Vega, B. Delgado Collado, B. Lahoz, B. Tinedo y Finca El Refugio. Una oferta enoturística culminada con un museo único: la Torre del Vino. El Museo Torre del Vino está construido en lo que fue la primera estación de ferrocarril de la ciudad, en 1869, y cuenta con una innovadora torre-mirador que ofrece espectaculares vistas de la  llanura manchega, y una localización estupenda para disfrutar de las puestas de sol. El recorrido por el museo juega con los sentidos del visitante y ofrece una experiencia lúdica e interactiva: todo para aprender sobre las características, la historia, la elaboración y la conservación del vino.

Los amantes de las escapadas enoturísticas tienen todas las opciones en cuanto a tipos de bodegas se refiere. En el arquetipo de bodegas pequeñas con encanto se encuentra Tinedo. Situada a 8 km a las afueras del pueblo, Bodegas Tinedo se levanta en un edificio del siglo XIX construido por la bisabuela de los actuales propietarios, rodeado de sus propios viñedos: 49 hectáreas, al estilo de los châteaux. La bodega, que mantiene los originales muros de adobe, destaca por su compromiso con la sostenibilidad: la energía suministrada procede íntegramente de una central energética solar propia, con más de 300 m2 de paneles solares, y todos sus vinos cuentan con certificado de vino ecológico. La visita a Tinedo tiene una duración de 1h 30 m (precio 10 €), y ofrece un recorrido por los viñedos, las instalaciones (bodega, casa familiar, jardines y patio), explicación del proceso de elaboración y cata de sus 2 vinos más característicos: Cala N.1 y Cala N.2.

En el extremo opuesto está Bodegas Cristo de la Vega, la que ha sido durante muchos años la cooperativa más grande del mundo por capacidad  (hoy ocupa el segundo lugar, superada por sus vecinos de Tomelloso). Acceder a su patio, y pasear entre los enormes depósitos de acero inoxidable, apabulla. En época de vendimia, pasan por aquí 2 millones de litros se mosto al día. Creada en 1955 y conformada por 900 socios, Bodegas Cristo de la Vega lleva años empeñada en demostrar que cantidad y calidad son compatibles, y una larga lista de premios así lo demuestra. Entre sus marcas más reconocidas, Yugo y Marqués de Castilla. El itinerario para el enoturista incluye un recorrido para conocer las instalaciones, además ofrece de cursos de cata y degustación de vinos.

En un punto intermedio está la bodega Explotaciones Hermanos Delgado. “Como no nos gustaba estudiar, mi padre nos puso a trabajar”, comenta Lorenzo Delgado, gerente de la bodega que dirige junto a sus dos hermanos. Una saga consignada a trabajar sus 300 hectáreas de viñedo, de producción totalmente ecológica, y una filosofía elaboradora que huye de los excesos tecnológicos. EHD es una firma singular, además de vino (también reúne diversos premios), elabora otros productos derivados, como cosméticos, harinas y aceites. Llama la atención el museo que ocupa la parte superior de la bodega, y su cueva subterránea con siglos de historia, donde, el día de Halloween celebran una fiesta ‘sui géneris’: Vinariam Sanctorum, una visita teatralizada, en la que, de la mano de un grupo de actores, se recorren relatos y leyendas locales. La visita estándar a esta bodega consiste en un recorrido por las instalaciones y degustación de 3 vinos, con una duración de 1’ h 15 min.

Sin duda, el vino ha dotado a esta villa de un legado que se refleja en todas las tradiciones, como la fiesta de la Vendimia, celebrada la primera semana de septiembre, donde tiene lugar la ofrenda del primer mosto de la cosecha a la Virgen de de Loreto, patrona de la ciudad. Una vez concluida la inmersión en la cultura vinícola de Socuéllamos, merece la pena pasear por su casco histórico, en el que destaca el Palacio de los Mendoza, de 1514, y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico tardío.

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